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EL TRABAJO: UN DERECHO Y UN DEBER DESVALORIZADO.(*)

Cuando niño, mi abuelo me mostraba trabajando, que la vida en sociedad presenta dos caminos para el crecimiento y el desarrollo honesto del hombre.



Un camino es el de la educación, que implica potenciar todas las capacidades de las personas en función del bien común, del cumplimiento de los derechos y deberes, y de la práctica continua y permanente de los valores humanos, que hacen a la dignidad social.

Otro camino es el del trabajo, en el cual todas las personas aprenden el valor del esfuerzo, de la dedicación y de la responsabilidad de hacer algo por el otro.
En el trabajo, las personas se dignifican y nada es más gratificante que sentirse útil y valioso en las prácticas que desarrollamos cotidianamente.
Servir al prójimo, estar al servicio de alguien que nos necesita y que nos espera, es un gran privilegio; privilegio que lamentablemente muchos aún no han logrado y que otros prefieren evitar.

Cuando niño, mi abuelo me enseñaba a trabajar; lo hacía con gusto y disfrutaba de tales enseñanzas.
Aprendí a trabajar la tierra, a cuidar los animales, a hacer "gauchadas" esos favores que en el campo nunca faltan.

Antes de ir a la escuela, ayudaba a mis abuelos en las tareas básicas del campo; alimentar a los animales, abrirle los corrales para que vayan a beber a las bateas que desde temprano llenábamos con la bomba.
Juntaba los huevos de las gallina, de patas, de las gansas; ponían huevos en todos lados, incluso en los huecos de los árboles.
Juntaba leña seca para el fogón en el que siempre se estaba cocinando algo...

Al regresar de la escuela, pastoreaba los animales, encerraba los terneros, para poder ordeñar las vacas al otro día temprano en la mañana.

Mi abuelo me enseño a hacer huerta; era un placer aprender a cavar la tierra, armar los canteros para cada verdura, sembrar, regar y esperar los primeros retoños para trasplantar... 
En la vida lo que sembramos con amor, no falla. Las cosechas nos aseguraban mucha verdura, tanta, que debíamos llevar al pueblo para regalar a quienes menos tenían y también para comercializar y poder comprar los demás alimentos que necesitábamos.

Mi abuela y mi madre me enseñaron desde tender mi cama, ordenar mi cuarto y lavar mi ropa, hasta cocinar, coser y planchar...
Cuando la vida me encontró solito, ya que estos maestros se me habían adelantado, supe cuales eran los caminos aprendidos y no me alejé nunca de ellos.

El camino de la educación lo transito desde los cinco años y el del trabajo lo comencé a transitar unos años más tarde.
Son los caminos más seguros, más dignos y de resultados extraordinarios.

Hagamos de la educación y del trabajo la mayor herencia...

AUTOR:(*) Yamil Sebastián Canelo 
E-MAIL: yamilsebastiancanelo@gmail.com

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