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CARTA A FRANCISCO (*)

Querido Francisco: con el corazón y mi pluma impregnados en la paz y el amor de Dios, intentaré expresarle a través de las presentes líneas el sentir de este humilde católico apostólico romano que lloró de emoción y orgullo cuando usted fue elegido como Vicario de Cristo en la Tierra.



A través de todos estos años de papado, le he dedicado distintos textos en honor y agradecimiento a su labor de Pastor para toda la humanidad; promotor y gestor de esos rumbos que gran parte del mundo parece estar perdiendo entre el ruido del cañón, el grito de auxilio, y la amenaza constante de quienes no aman, no construyen y no honran la vida.

En todos estos años me ha llenado de orgullo por el camino andado; por la fuerza y la valentía de sus palabras; por abrir puertas que hacía muchos años estaban cerradas; por colocar sobre la mesa aquello de lo que todos los hipócritas se horrorizan, cuando sabemos que se han manipulado y ocultado hechos con una complicidad nefasta, cargada de mentiras, prejuicios y corrupción, que causan asco.

Me ha llenado de orgullo por las continuas muestras de humildad, amor, perdón y reconciliación para con todos los pobres, enfermos y necesitados multiplicados a lo largo y a lo ancho de nuestra sobreviviente humanidad, e incluso para con los que ayer nomás lo insultaron, lo calumniaron e incluso lo negaron.

Celebro sus visitas a cada rincón del planeta; su semilla con ansias de suelos fértiles, aún en medio de guerras; la Palabra de Dios en sus labios y acciones donde los valores humanos parecen haberse tomado licencia; celebro el abrazo de unión con otras religiones, el diálogo, la fraternidad, la mirada amplia, acogedora e incondicional que Dios nos demanda; su visita habitual a grupos impedidos, ya sean de salud, de trabajo, de hogar, de libertad, de amor, de paz y esperanza, pero como defensor de la Iglesia, de Dios y su Palabra más pura y completa de Salvación, creo necesario pedirle un favor. Necesito que mire a mi amada Argentina con el corazón y desde ninguna otra posición que no sea la que Dios le demanda.

¿No cree usted que ya es hora de venir al País que lo vio nacer, crecer, reír, llorar, caer, levantarse, superar adversidades, decirle sí a la vida y honrarla en cada una de sus acciones? ¿No cree que la Iglesia Argentina se merece su visita?, ¿No cree que la sociedad católica apostólica romana desea abrazarlo, contemplar su presencia, emocionarse, elevar la mirada y el corazón al cielo y dar gracias a Dios?; ¿No cree usted que la sociedad honesta, trabajadora, estudiosa, esos hombres y mujeres que día a día intentamos trascender en las buenas acciones, no merecemos su mirada, su abrazo, su encuentro con nosotros?

Celebro que visite a todos nuestros vecinos, que a través de sus manos puedan cubrirse de la inmensa Misericordia del Padre, que rían y lloren de la emoción por tener al representante de Pedro en sus propios hogares. Pero, ¿para cuándo su visita a mi hogar, a mi amada Argentina que lo espera desde el primer día y siempre…?

No sé precisamente cuál es el problema de la no visita a su país. Algunos me dirán que el problema es de índole política, otros me dirán que es de índole religiosa, otros tendrán múltiples y variadas presunciones siempre respetables aunque no se compartan, pero a esta altura debo confesarle que me duele verlo sobrevolar nuestro territorio hacia otros destinos, como si los argentinos fuésemos todo parte de lo mismo: River o Boca, Huracán o su amado Club San Lorenzo; corruptos, mentirosos y traicioneros, u honestos; vagos, delincuentes, u hombres y mujeres con valores, honrando lo simple, lo esencial y valioso en lo que siempre está puesta la mirada de Dios.

Sigo creyendo que en la vida no podemos seguir profundizando grietas y viendo todo de color blanco o negro; debemos encontrarnos, coincidir, abrazarnos y caminar juntos por el justo medio.

Dele Francisco; venga a mi casa, a su casa, a nuestra amada y valiosa Argentina… 
Dele Francisco; siempre lo esperamos aquellos que nunca renunciamos a creer que una sociedad es más grande, fuerte y valiosa cuando sentimos que el otro, aún en las diferencias, es nuestro hermano. 
Dele Francisco; detenga su vuelo, pósese un rato en tierra Celeste y Blanca… 
Dele Francisco; tomémonos unos mates, no le dé más razones a los que por hablar y vivir en la incoherencia lo deshonran.

Lo espero Francisco querido; desde el primer día y siempre, la sociedad e Iglesia Católica Apostólica Romana de mi amado país lo necesita e incondicionalmente lo ama.

AUTOR:(*) Yamil Sebastián Canelo 
E-MAIL: yamilsebastiancanelo@gmail.com

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