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PORQUÉ TANTA INSISTENCIA EN ACLARAR QUE SALAS NO ESTABA INSCRIPTO.?

La mayor fiesta popular de Concordia, otra vez, como en 2017, terminó ensombrecida por un hecho tristísimo: la muerte de un corredor, Rubén Alfredo Casas, de 56 años. Al igual que Diego D’Angelo tres años atrás, Casas se descompensó en el mismo tramo del circuito de 10 kilómetros


De tan reiterada, llama la atención el interés de cierta comunicación oficial por resaltar que el fallecido en el Maratón de Reyes no estaba inscripto. ¿El dato cambia en algo este hecho tristísimo y penoso que enluta a la familia concordiense? ¿Se hubiera salvado de haber cumplido con el trámite de inscripción? ¿Tal formalidad le habría brindado alguna cobertura especial? ¿Acaso el operativo de primeros auxilios tiene otra calidad para los que se inscriben?


Quizá para no empañar el festejo final, la noticia demoró varias horas en conocerse. Cuando finalmente llegó la comunicación oficial, no pasó desapercibida la insistencia en un punto: no estaba inscripto.

Tal fue el énfasis en esa aclaración que algún colega se acordó de aquella famosa pantalla roja de Crónica TV: “Murieron dos personas y un boliviano”. Como si lo esencial no fuera que habíamos perdido a un vecino, a una “persona”, sino su cualificación particular: “no inscripto”. ¿Algo así como un “ilegal” del maratón, un “no registrado”, un “informal”, en “negro”?

En ocasiones, un título periodístico puede servir para educar. Por ello, es razonable que la noticia de la muerte de un motociclista en un accidente resalte que no llevaba casco. Expresa la intención de que el lamentable suceso sirva de advertencia para los demás motociclistas.

Pero, ¿de qué sirve aclarar aquí y allá que el corredor fallecido en el Maratón de Reyes no se había inscripto? ¿En algo habría cambiado su destino? ¿Vuelve menos lamentable lo ocurrido? ¿Exime de cualquier intento razonable y bien intencionado de revisar el operativo sanitario para verificar si hubo fallas o si necesita ser perfeccionado? ¿Implica que no nos preguntemos cuántas ambulancias había disponibles y a qué distancia una de otra; si eran suficientes como para atender a las descompensaciones que, en competencias de esta clase y en pleno verano, no son una hipótesis ni tampoco un riesgo sino una realidad inevitable?


¿Acaso que no haya estado inscripto otorga permiso para dar por cerrado el caso, dejando todo como está y aquí no pasó nada, sin averiguar si es cierto que la ambulancia tardó un cuarto de hora y, de ser así, si es un tiempo razonable o no?

No se trata de salir a repartir culpas. Señalar a alguien o a algunos, cargándoles el peso insoportable de una vida que se ha apagado, resulta un gesto tan impiadoso como a la vez injusto. Es probable que una sumatoria de factores se haya conjugado para producir semejante desenlace e ignoramos cuánto incidió cada uno de ellos.

Pero, para que una fiesta tan linda y del pueblo siga creciendo, haríamos bien en despejar todas las dudas y responder especialmente a quienes con enorme angustia intentaron socorrer al caído y sintieron una enorme impotencia. ¿El operativo previsto actuó con la debida eficacia? ¿O se cometieron errores que no deberían repetirse?


Tres años atrás, el fallecido sí estaba inscripto. No recuerdo que por entonces las noticias resaltaran en el título ese dato. A lo sumo, algunos se encargaron de presentar el dramático hecho asociado a ese extraño giro que tuvo la historia, cuando en el sorteo del auto el número que salió premiado fue justo el del competidor fallecido y las autoridades resolvieron entregar el premio a sus familiares.

Pero, volvamos al punto: ¿Hay diferencias sustanciales entre un inscripto y un no inscripto? Alcanza con presenciar el maratón para darse cuenta que los que no se inscriben son muchísimos más que cuatro o cinco. Son cientos y cientos. Además de que no tienen chip, ni queda registrado el tiempo que hicieron, ni tampoco aparecen en la clasificación y no participan del sorteo del auto (todas cosas que a la mayoría poco y nada les interesa), ¿cambia algo más? ¿Están más desprotegidos?

A los inscriptos se les hace firmar un papel, al que muchos cometen el error de no leer. Le llaman la “ficha de deslinde”. Y efectivamente de eso se trata. Los organizadores deslindan toda responsabilidad jurídica respecto de lo que pudiera pasarle al corredor. El punto 1) es muy claro: “El participante declara que no padece afecciones físicas adquiridas o congénitas, ni lesiones que pudieran ocasionar trastornos en su salud o condiciones de vida, como consecuencia de participar en la presente competencia. Asimismo, declara que antes de realizar la competencia se ha realizado un chequeo médico y se encuentra en condiciones físicas óptimas para participar en la misma, como así también asume todos los riesgos asociados con la participación en la presente competencia (caídas, contacto con otros participantes, consecuencias del clima, tránsito vehicular, condiciones del camino y/o cualquier otra clase de riesgo que se pudiera ocasionar)”.


Obvio que es un documento orientado a salvaguardar a la organización, a la vez que tiene el objetivo de que cada participante asuma sus propias responsabilidades. Pero lejos está de ser una metodología diseñada para exigir los chequeos médicos. Si de eso se tratara, habría que imponer a cada corredor que lleve firmada por un profesional de la salud una planilla, por ejemplo. Puede que tal cosa se considere inviable, o que se crea que de este modo disminuiría demasiado el número de participantes, y por eso no se lo haga. Como sea, es un camino a explorar.

Los puntos siguientes de la “ficha de deslinde” no pueden ser más explícitos y extremos. Por ejemplo, en el punto 4) dice que el corredor “manifiesta que no hará responsable a la organización por incendios, cortocircuitos, robos, hurtos, caso fortuito, cualquiera fuera la causa que lo origine, daño en su salud proveniente de riñas o peleas de terceros, daños en su salud proveniente de afecciones físicas o no, que puedan acontecer con anterioridad, durante el transcurso o con posterioridad a la finalización de la competencia”.



Y un poco antes, en el punto 3), el inscripto se compromete a no reclamar siquiera ante circunstancias que fueran consecuencia directa de la “negligencia o culposidad” de los organizadores. ¡Eso sí que es cubrirse!

La pregunta sigue en pie: ¿De qué le habría servido al fallecido haberse inscripto? ¿Acaso habría desistido de participar tras leer los compromisos que asumía? ¿Sirve para eso esa ficha de inscripción? ¿O, como le confió una participante a El Entre Ríos, la mayoría la firma sin leer, a las apuradas, y que pase el que sigue en la fila?

Como sea, algo se supone irrefutable: el operativo sanitario es para TODOS, sin discriminación de ningún tipo. Inscriptos, no inscriptos, público, TODOS deben ser atendidos con igual eficiencia en caso de necesitarlo.

Así lo entendió un enfermero que estaba participando de la carrera y, al ver al hombre descompensado, paró a brindarle las primeras asistencias. Así lo entendieron los vecinos que se desesperaron primero por conseguir una ambulancia y, cuando finalmente llegó, se las ingeniaron para suplir la ausencia de representantes de la organización que llevaran a cabo un operativo para que el vehículo ingresara marcha atrás al circuito sin causar ningún perjuicio al resto de los competidores. Así lo entendió el padre Emmanuel Bonetta, que corrió hasta la Comisaría Tercera para pedir auxilio.


“No pudimos reanimarlo. Estuvimos esperando casi 15 minutos a la ambulancia. Tuve que correr hasta la comisaría para pedir que por favor mandaran una ambulancia. El 101 no respondió nunca. Es muy lamentable que hace tres años se murió una persona se vuelva a morir otra, en las mismas circunstancias. Es una desorganización de la asistencia de los maratonistas en cuanto a salud”, expresó Bonetta.

El sacerdote no fue el único que percibió las cosas de esta manera. De forma coincidente se expresó una joven que presenció los hechos.

Y, como toda “respuesta” –al menos hasta ahora- lo único que se remarca es que el fallecido no estaba inscripto.

El Maratón de Reyes se hizo grande, entre otras cosas, porque es, por esencia, una fiesta de la inclusión, impronta que ya tenía cuando Juancito López le dio origen en Plaza España y que hoy hace carne en la misma gente, en los que corren y en el público, en los que ovacionan a esa mamá que lleva a su hijo en el canasto de una bicicleta, ayudado por miembros de la Policía de Entre Ríos; o a ese corredor ciego con su acompañante; o a ese hombre ya anciano que sigue adelante; o a ese otro que a pesar de una deformidad en sus pies, se las ingenia para avanzar cueste lo que cueste, hasta llegar a la meta.


Es decir, como es una fiesta de todos, la gente alienta también a todos, se enrojece las manos de tanto aplaudir, espera el paso de ese compañero/a de trabajo, o de aquel que vive a la vuelta, o del que siempre viene disfrazado o del que lleva sobre sus hombros una sandía. En fin, a nadie le importa si el que está pasando por delante tiene o no tiene un número de inscripción.
Fuente: El Entre Ríos


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