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LOS CABEZONES DE CALLE SARMIENTO. (Cuentos de celular)

Rogelio Santos Fonseca supuso que Pipo exageraba. Había recibido las advertencias con gestos elocuentes. Cuando los Cabezones aparecieron en multitud, hablando al unísono, repitiendo lo mismo una y otra vez, dando rondas locas, se dio cuenta que nada había sido magnificado.


Estaba en la esquina de Sarmiento y Vélez Sarsfield, justo frente a la iglesia de Capuchinos. Los Cabezones iban y venían sin cesar, en marcha acelerada, murmurando repetitivamente.

Pipo le había dicho: “…tenés que cuidarte, no es que sean peligrosos, pero hay que evitar el contacto. Si te tocan,  o los tocás cambia tu figura, un rato, unos minutos, la cabeza se te agiganta. Pasa, dura poco. Lo riesgoso es lo que no se ve. El contagio peligroso es el de que no te das cuenta, pasa desapercibido, ocurre dentro, pero eso ha venido ocurriendo desde hace más de un siglo. Nadie se da cuenta. Todos los humanos de estos lugares tienen sembrado en su interior algunas mínimas partes de las formas de ser de estos Cabezones, algunos más, otros menos, en dosis tan escasas la mayoría que resulta imperceptible. Esos mínimos contagios actúan haciendo ver verdades a medias como verdades absolutas e indiscutibles. Ponen áspero el carácter y no permiten crítica alguna. Son las sarmientinadas de los Cabezones”.

“¡Experiencia perturbadora!”, se dijo Rogelio. Indistinguibles unos de otros los Cabezones giraron a su alrededor, desordenadamente. Rozado por uno de ellos en un descuido, notó que la cabeza se le hinchó, por un tiempo breve, tal vez un minuto. Al ser tocado por otro pasó lo mismo, pero ya no lo impresionó. Pudo identificar algunas de las frases que repetían en su casi rezo. Uno decía sin cesar “las ideas no se matan, las ideas no se matan, las ideas no se matan…”; otro: “fui nombrado presidente de la república, no de mis amigos; fui nombrado presidente de la república, no de mis amigos…”; uno venía repitiendo: “la sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos, la sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos…”, otro: “por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar, por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar…; uno hablaba un poco más alto: “qué importa que el estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos, qué importa que el estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos…”. Algunos vociferaban en extraño tono: “toda la historia de los progresos humanos es la simple imitación del genio, toda historia de los progresos humanos es la simple imitación del genio…”, “la ignorancia es atrevida, la ignorancia es atrevida…”, “todos los problemas son problemas de educación, todos los problemas son problemas de educación…”, “escribo como medio y arma de combate, que combatir es realizar el pensamiento, combatir es realizar el pensamiento, combatir es realizar el pensamiento…”, “puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de la mujer, puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de la mujer…”

El golpeteo rítmico de palabras, el frenesí de movimientos circulares, la confusión y conjunción de voces recitando monótonamente: un sistema solar en la oscuridad, girando alrededor de la nada. Las caras enjutas, las frentes rayadas como renglones de un cuaderno. Un babel en el mismo idioma.

No logró entablar diálogo con los Cabezones de Calle Sarmiento. Sordos locuaces. Andando hacia el norte pudo darse cuenta que la mayor concentración y vértigo estaba en la esquina de Sarmiento y Avellaneda. Algo aturdido, zafó por la Estación Norte. Se sentó en un banco, respiró hondo y trató de relajarse. Por suerte había una brisa suave a esa hora de la noche


-Te advertí, dijo Pipo, -que había aparecido sin que lo viera- son unos tipos muy complicados y contradictorios. ¿Te diste cuenta cómo cambiabas cuándo te tocaban?, eso no es problemático, enseguida se recupera, pero lo complicado es identificar si te dejaron cambios bajo la piel, de los que no se notan. Nos vemos mañana.

Repuesto puso en marcha su máquina de pensar. Imaginó monstruos, los que existen de verdad, esos que invaden, que carcomen, que hacen pústulas invisibles. Que parasitan. Los que hacen monstruos con piel de humanos. El último pensamiento se le escapó en voz alta: “es fácil reconocer al enemigo cuando viste uniforme”.

Respiró hondo. Se levantó y empezó el regreso a casa… Doblando esquinas caprichosamente buscando su amor. Llegó a la puerta, de la misma manera que cada noche, cansado y sin su amor.

G.Margaritini.

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