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LOS BAILARINES. (Cuentos para celular). G.M.

Los sigo viendo. Me hacen acordar a algo. Cosa rara, hacer acordar a algo que no recuerdo.



Llegaron al boliche. Como siempre. Lo de siempre es una suposición mía, por la certeza de sus movimientos. Apuntaron a la mesa que estaba desocupada y ahí fueron. A salvo de ser ocupada por la cobardía de unos cuantos que estaban parados. Era la más cercana a esa mezcla de escenario y tarima, chico para lo primero, grande para lo segundo. Apenas dos baldosas entre ellos y los músicos. Acordeón, guitarra, cajón y voz.

Si se mira una luz durante unos minutos y luego se cierran los ojos, esa lámpara se pega al ojo y se la sigue viendo del otro lado de los párpados que hacen de cortina. Así los sigo viendo. En una de esas no fue tanto lo que los miré, sino que debieron haber tenido un brillo potente.

El vino suele soltar cosas que están sujetas. La música quita la rigidez de una pierna. A veces el talón, otras la punta del pie, se despega y pega rítmicamente del suelo. Si el vino es con soda y lo que interpretan los que están ahí nomás, al lado, es chamamé, las burbujas en el vaso son chispas que incendian y no se pueden reprimir más esas ganas de bailar guardadas toda la semana.

Me remiten a algo que ya conozco, pero no termino de darme cuenta a qué.

Flacos, muy flacos los dos. La delgadez a él lo encorva un poquito, para compensar ella está orgullosamente erguida. Blusa floreada ella, camisa clara a rayitas él. Pantalones los dos, ella jean, negro él. Las dos caras pálidas, afiladas, simétricas. No es para sorprenderse que sean parecidos, las parejas por tanto compartir se mimetizan el uno con el otro.

No necesito esforzarme para verlos, se me ofrecen a la visión plena tal como estamos dispuestos.

Caras de perfiles planos. Con todo lo que tiene que tener un rostro, pero todo del mismo lado. Al otro hemisferio no se puede acceder, no porque esté oculto a mis ojos, sino porque no existe. Dos caras planas, apuntándose la una a la otra por sus bordes narigudos.

Mientras los veo ahora, un ahora que fue de antes y dura como el buen perfume, pienso, lo regurgito y lo vuelvo a degustar. No me puedo dar cuenta a lo que me remite. Es algo de la infancia, de eso estoy seguro.

Alguien tuvo que apretar alguna tecla. Es la única única explicación a tal puesta en marcha. No por grotesco, sí por repentino. Se despegaron de las sillas para ir al centro de la pista de baile. La asaltaron, la hicieron propia. No fue desapercibido para nadie, desde el gesto inicial al erguirse, por la manera que la mano de él se extendió en el aire en busca de la mano de ella, de como él la guió y como ella se dejó guiar. La acción de uno complementaria a la del otro, sin que ninguna tuviera derecho a existir sin la anterior. Hasta que se detuvieron, un instante, de la misma manera que se hace un silencio en un discurso para llamar la atención, la quietud como presagio. En esa parálisis, intencional y transitoria, ella tomada de la cintura por la mano derecha de él; la mano izquierda de él extendida hacia un lado, sosteniendo la derecha de ella; con sus caras planas enfrentadas como estaban desde la mesa. Entonces alguien volvió a accionar la misma tecla y ya fue el baile. Girando, girando, con cuatro piernas moviéndose al unísono, un paso, otro paso, otro y otro. Bien podría ser; uno-dos, uno-dos. O también: uno-dos-tres-cuatro y volver a empezar. Más rápido o más pausado, según fuera chamamé, valsecito, paso doble. La misma secuencia. Y el mismo trompo, provocando remolinos de aire a su pasar. Duraron, vaya a saber cuánto. El tiempo es percepción. Para vivir la eternidad no hay que escapar del presente. Lo vivieron, juro que lo vivieron. Gozaron, no necesitaron dibujar una sonrisa.

Y ahora, un ahora que viene de esa noche, que sería como un pasado estirado hasta ahora, los veo. Y verlos en este ahora es también como un pedazo de eternidad. Y mientras los sigo viendo me veo yo, apenas llegando con la cabeza a la altura de la cómoda de la pieza de mi abuela. Entre el espejo que irradia techo y mis ojos está ese objeto que me encanta. Prohibido, más deseado aún. Una cajita de música. El mueblecito oscuro con algunos ribetes dorados. Una pareja de bailarines arriba, espigados, quietos, a la espera. Hay una palanquita al costado. La enciendo, sabiendo que mi abuela escuchará, está en la habitación de al lado. La parejita empieza a dar vueltas con la musiquita.

Ahora me acuerdo.

G.Margaritini.(CUENTOS PARA CELULAR)

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