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CARLOS MONZÓN. HACE CASI 50 AÑOS, UN DIA COMO EL DE HOY.

Los ochenta santafecinos que habían ido en un charter se cayeron al hotel con banderas. Estábamos como para recibirlos… Sin embargo salió Brusa, les dio la mano a todos y les pidió que se fueran para el estadio porque era muy lejos y les quedaba poco tiempo. Llovía una barbaridad.


 El profesor Russo, cuidadosamente, terminaba de preparar el bolso. Y fue hasta el bar del hotel a comprar agua mineral: esa sería el agua que tomaría en el rincón, no la de la "canilla", aunque la de Roma era muy buena. Era una simple cuestión de precaución. Cuando faltaban dos horas cayó un señor diciendo:

-Buenas tardes, soy el remisero, me manda el señor Sabbatini (Rodolfo, el organizador del espectáculo) para que los lleve al estadio.

– Ah, si, cómo no -dijo Tito haciéndose el estúpido.
– Mire, Monzón está en el baño, ¿podría esperar unos minutos en el auto?

-No hay problema – dijo el hombre y se fue.

Ya estábamos jugados. Para ir recuperando el tiempo que habíamos perdido, Brusa tuvo una idea: vestirnos en el hotel. Me puse el slip, la coquilla (protector genital), las medias nuevas que me había comprado en Roma y las botitas. Me faltaba el pantaloncito y la bata, cuestión de un minuto.

El remisero tocaba bocina. Su auto estaba en la misma puerta del hotel. No había nada qué hacer: tendría que pelear sin infiltración. Cuando ya estábamos saliendo, apareció el TotoLorenzo. Llegó corriendo con la corbata floja, el perramus abierto y ni siquiera esperó el ascensor. Se subió los seis pisos volando. Detrás de él, su secretario, el petiso Andrea Bolognesi al que Lorenzo utilizaba como espía futbolistico y durante nuestra estadía lo cedió como contacto y amigo. Y detrás de ellos dos médicos argentinos radicados en Roma. Nunca supimos de dónde los había sacado.

Alguien dijo que Lorenzo los consiguió de un hotel, ya que eran turistas que habían ido a Europa a descansar. Otros dijeron que eran médicos traumatólogos residentes en Roma. La cuestión es que uno me agarró una mano y el otro, la otra. Lorenzo había comprado todo: jeringas, Novocoína, alcohol, algodón y agujas. Cuando terminaron -unos diez minutos- salimos volando. Yo me enchufé la bata y un sobretodo arriba. En el auto me fui ajustando los cordones de las botitas, mientras Brusa me pasaba la mano por la espalda para tranquilizarme. Tardamos más de 45 minutos hasta llegar al "Pallazzo dello Sport". Los periodistas argentinos, que ya estaban allí, nos recibieron preocupados. Más preocupados estábamos nosotros ya que los médicos nos dijeron:

-Vea Monzón, la inyección se la dimos bien, pero el efecto es de una hora. Después de ese tiempo seguramente va a sentir alguna molestia.

Hicimos cálculos: la pelea era a quince rounds, exactamente una hora. si salimos 15 minutos antes, el efecto me alcanzaría para no más de cinco o seis rounds. Era un motivo para estar preocupado. Pero como yo me tenía una enorme fe, sabía que la pelea no llegaría hasta el final.

Lo intuí todo el tiempo y lo confirmé por la mañana en el pesaje. Lo recuerdo.

***

Estábamos en el teatro "Cambra Iovanelli", lugar del pesaje. Es una ceremonia rara: la gente se sienta en las butacas y asiste como si fuera un espectáculo. Llega una hora antes y se queda hasta ver a los protagonistas sobre la balanza. Como yo estaba con el kilaje justo, me saqué todo: cuando estuve totalmente "en bolas", sentí un murmullo largo. Las mujeres simularon taparse los ojos y escandalizarse. Yo no sentí ninguna vergüenza; total ¿Quién me conocía en Italia? Después, cuando pasamos a un camarín común para vestirnos, Nino q​uiso saludarme cordialmente. Cuando lo vi venir, me di vuelta bruscamente hasta darle la espalda. Él continuó su camino hacia mí. Solo quería saludarme, tal como se acostumbra. Pero cuando lo sentí pegado a mí, vi que quería acariciarme el culo con palmaditas.

Giré la cintura, le clavé los ojos y bajó la mano. En ese acto, Benvenuti tomó conciencia de que el hombre con el que iba a pelear no era un adversario, sino un enemigo salvaje y despiadado. Exactamente eso pensaba yo: despedazarlo hasta que no pudiera seguir peleando más. En él veía el símbolo de mi futuro, de mi vida, de la vida de los míos… Tenía que ganarle para vivir, para iniciar el camino que regresara a una felicidad de pibe que había perdido sin darme cuenta. En los días previos me metí en la cabeza que Benvenuti era un "hijo de puta", que no merecía vivir, al que había que matarlo en el ring. Si él ganaba, yo moría y era mi última chance. Nunca quise contactos con mis rivales, aunque no llegué a odiarlos, a Benvenuti, sí. Nunca pude explicarme, porque no tengo nada contra él como persona, que incluso le agradezco la chance que me dio, pero aquella pelea de Roma definía mi vida y eso era más importante que la caballerosidad que él tanto me reclamó desde entonces hasta ahora. Cuando estuvimos en el ring, separados por el referí alemán Rudolph Drust, en medio de las instrucciones, Nino buscó sacarme una sonrisa. Yo dije para mis adentros apretando el protector bucal: "Te mato, gringo, te mato…".

Me di cuenta de que los preocupados eran ellos, Benvenuti se había ido a concentrar a Trani -un lugar apartado de Roma- y todos los días había alguien espiando mi entrenamiento.

Pero la máxima se la mandaron cuando vinieron dos camarógrafos de la televisión (RAI) y dos periodistas. El capo que manejaba todo era un tal Alejandro Amaduzzi, que debía ser pariente de Bruno (manager de Nino).

Metían la nariz por todos lados y no les di pelota. Al final lo agarraron a José Menno –un medio pesado argentino, gran colaborador y "sparring", radicado en Italia- para hacerle una nota.

– ¿Monzón pega fuerte con la derecha? -fue la primera pregunta.

Menno, que no es ningún gil, les contestó:

– ¿Qué derecha? Posiblemente con la zurda pegue más.

– Pero la defensa no es buena -siguieron los gringos.

– ¿Saben lo que pasa? -les dijo Menno- está trabajando a media máquina. Ya lo van a ver en la pelea.

Después nos enteramos que toda esa filmación se la pasaron al "Tano" Benvenuti en su concentración.


Antes de empezar la pelea, cuando estábamos en el camarín, la rematamos del todo. Alfredo Capece -el jefe de boleterias del Luna Park- un tipo grandote de manos enormes y fuertes como adoquines, entró a pegarle piñas a la pared que dividía mi camarín con el de Benvenuti. El ruido era bárbaro. Cuando salió, los periodistas que estaban ahí le preguntaron qué pasaba y Capece poniendo cara de lo que no es, les contestó: "Nada, Monzón está practicando algunos golpes". Los tipos se callaron la boca y no preguntaron más nada. Eso también se lo creyó Benvenuti.

***

En la pelea le hice de todo: le metí el hombro, lo peché, le pegué en los riñones y en la nuca. Todo eso lo había practicado con Menno. El Tano empezó a quejarse y cada vez se lo veía más preocupado. En mi rincón estaban Brusa, Menno y Bubby Russo. Cada vez que terminaba una vuelta, todos me pedían tranquilidad, pero yo le quería arrancar la cabeza. Sabía que no me iba a aguantar. En el decimoprimero salí a noquearlo y se me escapó. Él estaba cansado y yo me sentía fuerte, con toda la polenta. En el descanso Brusa me dijo: "Ese hombre está muerto, vaya y pónganlo nocaut". Y así fue. Lo dejé venir para que se confiara, hice cintura, le metí la derecha cruzada y con la izquierda lo fui llevando de un rincón a otro. Al final lo encerré, bajé los brazos para que se animara a sacar las manos y sobre su izquierda le metí la derecha a fondo. Cuando vi que se caía me di cuenta de que no se levantaba más. Le podían haber contado mil. Un tano subió al ring y quiso parar el encuentro, pero no había nada que hacerle: Benvenuti estaba muerto. El cuadrilatero se llenó de gente y yo lo único que quería era llegar al camarín. Ya bajábamos con Brusa cuando lo vimos a Tito –con su renguera- tratando de trepar. Me gritaba desesperado: "¡Andá al medio y que el referí te levante la mano!". Yo no entendía nada, pero Tito me volvió a gritar: "¡Andá al medio, carajo…!".

Fui al medio y el referí me levantó la mano. Recién ahí se calmó Lectoure. Después me explicó que hasta que el referí no me levantaba la mano, declarándome ganador, la victoria no está consolidada. Puede haber protestas, líos y mil cosas. Yo, francamente, de eso no sabía ni medio. Mejor dicho, pasaban muchas cosas al mismo tiempo y me contagié de la alegría y confusión que nos excitaba a todos.

En el pasillo, apretado por los santafecinos que se habían largado burlando cordones policiales y barreras, sentí que la gran mayoría de la gente me abucheaba y hasta me tiraba cosas. Brusa me llevaba agarrado de la cintura, Russo y Menno abrían paso adelante, el camarín parecía lejano. En un momento creí que podrían hacernos algo malo. No tuve tiempo de pensar en nada: cuando se abrió la puerta Brusa tiró el botiquín y junto con todos los que allí estaban nos abrazamos como no lo habíamos hecho jamás en la vida. Por primera vez en 13 días me sentí como en casa, libre, tranquilo, con ganas de hablar. Acepté las felicitaciones de todos –incluyendo periodistas que habían pronosticado mi "muerte"- y me fui al hotel pensando en Santa Fe. Cada vez que cerraba los ojos me venía a la mente una imagen. No sé por qué no lloré con todas las ganas. Sólo recuerdo que me puse a hablar de la pelea con los enviados especiales en la pieza. Me quedó un resentimiento con la prensa italiana porque me trataron muy mal. Me dijeron de todo: animal, bestia, indio y asesino. Solo en una cosa tuvieron razón: si esa noche hubiera podido, habría asesinado a Benvenuti.
***

El hotel "Sporting" era un romería. Se juntaron periodistas, argentinos residentes, argentinos que habían viajado especialmente, y los paisanos que hacían flamear, en pleno hall, la bandera argentina y la de Unión de Santa Fe. Tenía hambre y había que ir a cenar, pero ¿a dónde? No se había previsto nada. Lorenzo, que siempre solucionaba todo, hizo correr la bolilla de que iríamos al Albergo Imperiale, de la Vía Véneto, a festejar el triunfo. Para allí se fueron la mayoría de los vagos. Me dolían un poco las manos y también la cabeza. A pesar del frío, tenía sed. Ya me había tomado dos o tres cervezas. Cuando el ambiente se despejó, salimos hacia el Albergo Imperiale. Buscamos un taxi en la plaza"Euclide", a una cuadra del hotel "Sporting". Éramos como veinte. Sobre la marcha, Tito tuvo otra idea: "¿Por qué no vamos a comer a "Gigi Fazzi", que hay unas pastas bárbaras?"

– Vamos –dijo Brusa.-
– Bueno, métale –agregué yo.
Marchamos hacia "Gigi Fazzi" para cenar. Cuando estábamos en el camino me acordé: "¿Y qué hacemos con los muchachos que fueron al Imperiale?"

"Los saludamos, les da la mano a todos y rajamos", me aconsejó Tito. Fue así, bajamos, saludamos, les dimos la mano, brindamos y a los pocos minutos nos fuimos. En "Gigi Fazzi" me mandé un antipasto bárbaro, unos tallarines al tuco y una carne que era como peceto estofado. Después una ensalada de frutas y un té. Eso sí: volví a tomar vino después de dos meses de absoluta abstinencia. Creo que le di demasiado, estaba un poco alegre, tanto, que les dejamos 40 dólares de propina a los mozos.

Después de la cena volvimos al hotel. Nos juntamos alrededor de una pequeña barra que tiene el Sporting al fondo de su planta baja. La mayoría estaba muerta por la tensión: yo, en cambio, estaba feliz, quería seguirla.
Al día siguiente, a las siete, como todos los días, me desperté. No podía seguir durmiendo, tenía como una electricidad que me recorría todo el cuerpo. Me acordé que Juan Aranda estaba próximo a pelear y saldría a hacer su "footing" a las ocho. Me cambié, me abrigué bien y salí a correr con él unos cuarenta minutos alrededor del parque "Vila Gloria".

Cuando partimos de Roma, quedaban en mí varias imágenes que me provocaban nostalgia. Me habían gustado sus calles, sobre todo el área que rodea a "Piazza Spagna", me había gustado el hotel "Sporting" con sus ascensores pequeños y su decorado simple, me había gustado la música y el espíritu siempre alegre de lo romanos. Pero había recogido algo que jamás olvidaré: la emoción del ver al Papa y recorrer la Basílica de San Pedro. Le pedí a Pablo VI que le transmitiera a Dios mi necesidad de ganar. Por fin alguien en la vida me había escuchado. Desde aquel día prometí que nunca dejaría de ir al Vaticano cuando estuviera por pelear en cualquier país de Europa. Parece extraño, pero el Papa fue el único hombre ante quien me sentí pequeño… Y la llegada a Buenos Aires, el hecho de mayor emoción de mi carrera, me obligó siempre a relacionar aquella del Vaticano con esta tarde de Ezeiza. Fueron las dos únicas veces que sentí como las lágrimas bajaban por mi cara. Ante el Papa disimuladamente; ante la multitud, con más fuerza que nunca. Cuando asomé la cabeza por la ventanilla y vi la gente eufórica en Ezeiza pensé: existo, soy alguien, existo…"

Salimos de su autobiografía y hoy recordamos: Monzón cobró por esa pelea 15.000 dólares norteamericanos de bolsa, más 1000 de publicidad en el pantalón y en la bata. Se le descontaron en dólares: 20 por el trámite de revalidación de la Licencia de Boxeador Profesional en Italia; 1000 -por extras; 260.- por una cena: 40 de propinas; 100 -para pagarle a Menno por su ayuda como "sparring"-; y el 25% para Brusa. En total, 8.145 dólares. A Monzón le quedaron 7.855 dólares.

De aquella hazaña a esta evocación, el tiempo se tragó la vida. Todo pareció cruelmente fugaz y hoy al mirar hacia los grandes centros del show pugilístico como Las Vegas, los diversos sistemas de aplicación, las demás plataformas recaudatorias, los 30 millones de dolares que cobró Canelo Alvarez y los 12 millones de Golovkin – ambos inferiores a Monzón- guardamos esta historia en un pequeño paraíso imaginado al que sólo ingresará el romanticismo.

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