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A 25 AÑOS DEL ATAQUE A LA SEDE DE LA AMIA.

Esa horrorosa y capciosa pregunta es formulada a viva voz por Caín -a modo de respuesta sarcástica- frente al interrogante divino acerca del paradero de su hermano Abel, segundos después de haberlo asesinado.



En el hebreo original del texto suena así: “¿Hashomer ají anoji?” siendo ese “anoji” el vocablo que se traduce como “yo”. La traducción es correcta a pesar de que existe otra palabra mucho más utilizada en el mismo texto bíblico para referirse a la primera persona del singular, que es “aní”.

Créanme que esta disquisición lingüística es casi tan inocente como Caín, porque nada casualmente aquel término hebreo (anoji) es usado por Dios para presentarse a sí mismo en el primero de los 10 Mandamientos al afirmar “Yo (anoji) soy tu Dios”.

“¿Hashomer ají anoji?” ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Así respondió Caín a Dios, Así respondemos sus herederos.

No existe la hermandad, solo reina el terror.

Nadie hace de guardián ni hay lugar para Dios.

“Anoji” soy solo yo.

Este párrafo fue cantado el pasado miércoles por la noche en el Teatro Colón como parte del tercer movimiento del concierto “Réquiem/Kadish” presentado por el diario La Nación en homenaje a las víctimas del atentado a la AMIA ocurrido hace en nuestro suelo hace eternos 25 años.

La exquisita música compuesta especialmente por Ángel Mahler, quien con su experimentada batuta dirigía a más de 80 virtuosos músicos, rodeaba de un modo conmovedor las casi 80 voces de los miembros del Coro Polifónico Nacional que intercalaban el hebreo y el castellano con una maestría absoluta.

La emotiva presencia de los familiares de las víctimas, de la vicepresidenta y del presidente de la Nación -entre muchos otros invitados especiales-, colmaba la sala con un inusual halo de silencio mientras se nos volvían a apersonar de golpe (y sin anestesia) los victimarios.

Recuerdo el momento exacto en el que escribí esas líneas. Los herederos de Caín se me aparecieron sin maquillaje, completamente desenmascarados en su constante avidez por ocupar el trono divino, por hacerse dueños de ese “anoji”, usurpando a través de la violencia más feroz un ámbito que se halla precisamente en el polo opuesto de sus pretendidos destinos.

Cuando nadie hace de guardián de su hermano no hay lugar para Dios. Y los que –disfrazados de ideologías religiosas, políticas, sociales o económicas- persiguen acceder a lo total, al todo, son inexorablemente totalitarios. Y más tarde o más temprano terminan asesinando.

Por eso el episodio bíblico de Caín y Abel es sencillamente magistral ya que si hay algo que la fraternidad requiere como condición imprescindible es acariciar la capacidad del compartir, del saberse más “parte” que “todo”, de percibirse más “socio” que “dueño”.

Sucede que ese mensaje es definitivamente arrollador para quienes desde sus podios (cualesquiera sean ellos) postulan soluciones unívocas e indubitables, soluciones que siempre conllevan la desaparición de todo vestigio de existencia de aquellos que no necesariamente comparten tales postulados.

Es curioso notar como ese virus del fanatismo prende en personas y en grupos que suelen presentarse como salvadores o como el único recurso posible para un futuro y maravilloso bienestar.

Mientras tanto alejemonos de ellos y sigamos reclamando justicia, para que finalmente cada hermano cuente con lo que le corresponde. Para acercar la fraternidad en serio, ésa en donde somos guardianes y custodios de nuestros prójimos.

Marcelo Polakoff es rabino

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